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DOMINGO DE RESURRECCIÓN

domingo resurreccion 2026

Crónica del Domingo de Resurrección en Málaga 2026

6 de Abril de 2026

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

El Domingo de Resurrección en Málaga no empieza ese Domingo, piensa Pablo, empieza mucho antes, aunque uno no se dé cuenta. A él le gusta pensarlo así.

Se levanta tarde, con el eco de una banda que ya no suena pero que se ha quedado pegada a las paredes del barrio. Abre el balcón y entra ese olor que solo existe esta semana: cera vieja, azahar y algo de sal que sube desde el puerto como si también quisiera procesionar. No es especialmente devoto. Tampoco agnóstico. Cree… a su manera. Como se cree aquí: sin explicarlo demasiado.

Baja a la calle. Hay niños con túnicas demasiado largas, padres ajustando capirotes, madres con la plancha todavía caliente en la mirada. Todo tiene un punto de estreno. De principio. El Domingo de Ramos siempre le ha parecido eso: una promesa.

Se cruza con un amigo en calle Larios —no hace falta decir dónde, en Málaga todo el mundo entiende “Larios” sin más— y se quedan mirando cómo pasa el primer trono. No hablan mucho. Aquí no hace falta. Cuando el trono se mece, cuando los hombres de trono lo levantan con ese gesto antiguo que parece más aprendido que enseñado, algo se ordena dentro.

—Ya estamos —dice el amigo.

Y sí. Ya están.

Los días pasan como pasan aquí: sin que uno los cuente del todo, pero sabiéndolos de memoria. El Domingo de Ramos empieza con ese nervio alegre de estreno, como si la ciudad se pusiera guapa sin saber todavía lo que le espera. El Lunes trae un recogimiento más serio. El Martes se vuelve íntimo, casi de barrio. El Miércoles empieza a pesar. El Jueves… el Jueves ya es otra cosa.

La ciudad cambia sin pedir permiso. Las luces parecen distintas, más bajas, como si no quisieran molestar. El sonido de los pasos se vuelve más seco. Y él empieza a notar algo que no sabe nombrar, pero que siempre llega: una especie de nudo suave, una conciencia de que esto no es solo bonito. Que duele un poco.

El Viernes Santo no lo vive entero. Nunca lo ha hecho. Dice que no le hace falta. Que con un rato le basta. Pero ese rato… ese rato lo deja tocado. Hay silencios que no son ausencia, sino presencia pura. Y ahí, sin saber muy bien por qué, cree más que otros días. No en todo. Pero sí en algo.

Y entonces llega el domingo. El de verdad. El que no tiene sombra. El Domingo de Resurrección en Málaga amanece distinto. No es solo la luz. Es la forma en que la gente camina, como si ya no arrastrara nada. Como si todo lo que se ha ido acumulando durante la semana —la emoción, el cansancio, incluso la pena— se hubiera ordenado de golpe.

Pablo vuelve al centro. Pero ya no es el mismo centro. Las túnicas son más claras. Las flores parecen recién inventadas. La música no empuja hacia dentro, sino hacia arriba. Y entonces lo ve: no es una cofradía más: son todas.

Representaciones de cada hermandad, de cada día vivido, de cada historia pequeña que ha ido cruzándose por la ciudad, ahora juntas, sin competir, sin prisa. Como si Málaga entera decidiera caminar en una sola dirección por primera vez en la semana.

Pasa por la Catedral de Málaga y Pablo se abre paso entre la gente hasta la Plaza del Obispo. No porque sea más creyente ahí, sino porque ahí se entiende mejor. La bendición llega sin estridencias. Un gesto. Un silencio breve. Y de pronto, algo encaja.

No es Dios, piensa. O no solo. Es la ciudad. Es una madre planchando túnicas el sábado anterior. Es un abuelo diciéndole a su nieto dónde ponerse para ver mejor un trono. Es un amigo que siempre aparece el Domingo de Resurrección y que luego desaparece hasta el año siguiente. Es la música que se repite, los pasos que ya conoce, las esquinas donde siempre pasa algo.

Es todo junto. Una escena coral. Y él, que no sabe muy bien en qué cree, se descubre sonriendo como si sí lo supiera. Como si durante una semana entera hubiera estado buscando una respuesta que no era una respuesta, sino un final. Un final que no cierra nada. Que lo deja todo abierto.

Cuando el trono se aleja, alguien a su lado aplaude. Otro se santigua. Pablo no hace ninguna de las dos cosas. Se mete las manos en los bolsillos y se queda mirando cómo la gente empieza a dispersarse, como si nada extraordinario hubiera ocurrido.

Pero ha ocurrido. Claro que ha ocurrido. Solo que en Málaga, las cosas importantes no se explican. Se repiten.

Cada año.

José FERNÁNDEZ RICO

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